No porque el
corazón latiera y no consiguiera liberarse, no era eso. Lo triste era que el
corazón no sería visto, latiría en secreto, fuera de nuestra vista, eso estaba
claro, lo entendías al verlo, un animalillo sin ojos, tendría que palpitar y
latir allí abajo, solo en el pecho.
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Aquel otoño que
empecé quinto me sentía enormemente atraído por casi todas las chicas, pero no
las vivía como seres radicalmente diferentes, tenía algo dentro que me
posibilitaba acercarme a ellas. No tenía ni idea de que eso fuera un gran
error, bueno, el error más grande que puede cometer un chico.
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Cuando el camión
de la mudanza se hubo marchado y mis padres y yo nos metimos en el coche,
bajamos la cuesta y cruzamos el puente, pensé con un alivio enorme que jamás
volvería a ese lugar, que todo lo que veía lo estaba viendo por última vez. Que
las casas y los sitios que desaparecían a mis espaldas también desaparecerían
de mi vida, y para siempre. Poco sabía yo que cada detalle de ese paisaje, y
cada ser humano que en él vivía, estarían pegados a mi memoria, con precisión y
exactitud, como con una especie de oído absoluto de los
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Yo tenía ocho
años aquella tarde, mi padre treinta y dos. Aunque sigo sin entenderlo, ni sé
qué clase de persona fue, el hecho de que yo ahora tenga siete años más de los
que él tenía entonces, me hace entender mejor ciertas cosas. Por ejemplo, la
gran diferencia entre mis días y los suyos. Los míos estaban repletos de
sentido, cada paso abría una nueva posibilidad, y cada posibilidad me llenaba
del todo de una manera que ahora me resulta incomprensible, en cambio el
sentido de sus días no se centraba en acontecimientos aislados, sino que se
extendía por superficies tan grandes que sólo era posible captar mediante
conceptos abstractos. «Familia» era uno, «carrera» otro.
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Cuando la visión
de conjunto del mundo se amplía, no sólo disminuye el dolor que causa, sino también
el sentido. Entender el mundo equivale a colocarse a cierta distancia de él. Lo
que es demasiado pequeño para verlo a simple vista, como las moléculas, lo
ampliamos; lo que es demasiado grande, como el sistema de las nubes, los deltas
de los ríos, las constelaciones, lo reducimos. Cuando lo tenemos al alcance de
nuestros sentidos, lo fijamos. A lo fijado lo llamamos conocimiento. Durante
toda nuestra infancia y juventud nos esforzamos por establecer la distancia
correcta de cosas y fenómenos. Leemos, aprendemos, experimentamos, corregimos.
Y un día llegamos a un mundo en el que se han fijado todas las distancias
necesarias, y establecido todos los sistemas. Es entonces cuando el tiempo
empieza a correr más deprisa. El tiempo ya no se encuentra con obstáculos, todo
está fijado, el tiempo fluye a través de nuestras vidas, los días desaparecen a
toda velocidad, antes de suspirar hemos llegado a los cuarenta años, a los
cincuenta, a los sesenta… El sentido requiere plenitud, la plenitud requiere
tiempo, el tiempo requiere resistencia. El conocimiento es igual a distancia,
el conocimiento es estancamiento y enemigo del sentido. La imagen que tengo de
mi padre de aquella tarde de 1976 es, en otras palabras, doble: por un lado lo
veo como lo veía entonces, con los ojos del chaval de ocho años, imprescindible
y aterrador, por otra parte lo veo como a alguien de mi misma edad, a través de
cuya vida sopla el tiempo, llevándose consigo pedazos de sentido cada vez más
grandes.
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Había en ella
algo casi encendido en ese momento. No es que se pusiera roja o se mostrara
tímida, no, no era eso. Era más bien que no se ocultaba detrás de nada. Nunca
lo hacía. Cuando hablaba, siempre era para decir lo que opinaba, nunca sólo por
decir algo.
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Lo extraño es que
los extremos se parezcan, al menos en un sentido, porque tanto en lo
suntuosamente caótico como en lo severamente regulado y dividido, el vivo no es
nada, la vida lo es todo.
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No había soñado
con el niño ni una sola vez. A veces eso me hacía tener mala conciencia, ya que
si se consideraban más auténticas las corrientes de las partes de la conciencia
faltas de voluntad, que las que estaban dirigidas por la voluntad, lo que era
mi caso, era obvio que lo de esperar un niño no era especialmente importante
para mí. Pero, por otra parte, no había nada que fuera muy importante para mí.
No había soñado con casi nada de lo que atañía a mi vida después de cumplir
veinte años. Era como si en el sueño no hubiese crecido, sino que siguiera
siendo un niño, rodeado por las mismas personas y los mismos lugares que en la
infancia. Y aunque los sucesos en los sueños fueran nuevos cada noche, el
sentimiento del que me llenaban era siempre el mismo. Siempre la sensación de
humillación.
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A veces pensaba
que todos esos sentimientos blandos podrían quitarse raspando como se raspa el
cartílago alrededor de los tendones de la rodilla dañada de un atleta, qué
liberación sería. Fuera todo sentimentalismo, toda compasión, toda empatía…
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La esencia del
olfato es juzgar, para juzgar hay que estar fuera, y no es allí donde se crea
algo.
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Las emociones son
como el agua, se configuran siempre según el entorno. Ni siquiera el dolor más
grande deja rastro, cuando se percibe tan sobrecogedor y dura tanto no es
porque las emociones se hayan solidificado, eso es imposible, sino porque se
quedan estancadas, de la misma manera que se queda estancada el agua en una
laguna.
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De modo que opté
por una solución intermedia y no dije nada, en un intento de dejar que mi
silencio confirmara tanto a Yngve como las valoraciones que suponía que Ingar y
Hans estaban haciendo de lo que él decía.
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Vi algo que no
quería ver porque quien lo mostraba no conocía su aspecto.
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Y la espera, la
espera era la vida.
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lo único que
deseaba era seguir bebiendo, llevar esa clase de vida, mandarlo todo a la
mierda, a la vez que chocaba contra un límite, una especie de muro de pequeña
burguesía y clase media que no se dejaba derribar sin enormes escrúpulos y
ataques de congoja. Quería, pero no era capaz. Muy en el fondo yo era un tío
decente y formal, un as, y, pensé que quizá por eso no sabía escribir. No era
lo bastante depravado, lo bastante artístico, en suma: demasiado normalito para
que pudiera funcionar. ¿Qué me había hecho pensar otra cosa? Ah, ésa era la
mentira vital.
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Cuando estaba con
ella era como si me extrajeran algo de dentro. Lo oscuro se iluminaba, lo
torcido se enderezaba, y lo curioso era que no venía de fuera, no era que ella
iluminara lo oscuro, no, era algo que sucedía dentro de mí, porque me veía a mí
mismo con su mirada, y no sólo con la mía, y a sus ojos no me pasaba nada malo,
al contrario. Así se alteraba el equilibrio. Cuando estaba con Gunvor no me
deseaba ningún mal a mí mismo.
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808 State lanzó 808:90; los Pixies, Doolittle; Neneh
Cherry, Raw Like Sushi; The Golden Palominos, A Dead Horse; Raga Rockers,
Blaff.
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Mona Lisa
Overdrive era decididamente la mejor, y Pogo Pops un buen número dos.
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Lo poco que yo
decía venía del fondo de un pozo, algo oscuro y de algún modo parecido al canto
de ranas.
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Incluso entonces
me sentí falso, como alguien que cargaba con pensamientos que nadie más tenía y
de los que nadie tenía que enterarse. Lo que entonces salía era yo mismo, eso
era yo. Es decir, aquello dentro de mí que sabía algo que los demás no sabían,
aquello dentro de mí que jamás podría compartir con nadie. Y esa soledad que
seguía sintiendo era algo a lo que luego siempre me había agarrado, ya que era
lo único que tenía. Mientras lo tuviera, nadie podría hacerme daño, porque lo
que en todo caso dañarían sería otra cosa. Nadie podía quitarme la soledad. El mundo
era un espacio dentro del que me movía, donde todo podía ocurrir, pero ese
espacio que tenía dentro de mí, eso que era yo, era siempre el mismo. Toda mi
fuerza residía allí. El único capaz de encontrar el camino hasta allí era mi
padre, y lo hacía cuando yo soñaba y era como si estuviera dentro de mi alma
gritándome.
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Leí a Tor Ulven,
disfrutando de cada frase que escribía, esa precisión inigualable, casi
sobrehumana, que había en su obra, cómo conseguía hacer todo igual de
importante. Hablé con Espen de ello largo y tendido, nos preguntábamos a qué se
debía que la prosa de Ulven fuera tan buena, qué ocurría realmente en ella. Era
una especie de igualdad de lo material y los seres humanos, donde lo
psicológico no tenía cabida, lo que contribuía a que el drama existencial
tuviera lugar permanentemente, no sólo durante una crisis, cuando alguien se
divorciaba o perdía a su padre o a su madre, se enamoraba o tenía hijos, sino
todo el tiempo, mientras bebía un vaso de agua o iba en bicicleta con luces
vacilantes por una carretera en la oscuridad, o simplemente no estaba allí, en
ese espacio vacío que él describía de un modo tan magistral. Y no era algo que
se decía o se escribía, no estaba en el texto, era el texto. Sacaba el lenguaje
de dentro, como solíamos decir, a través de sus movimientos y personajes, no en
la expresión directa, sino en la forma.
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The Aller
Værste!, ¿de verdad no los conoces? ¡Pero si es la gran banda noruega!
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lo que más
llamaba la atención en él era su pesadez. Cuando nos marchamos de su casa pensé
que la fuerza de gravedad tenía más efecto sobre él que sobre el resto de la
gente, la tierra le atraía con más fuerza, razón por la que sus movimientos
eran tan lentos, casi tenía que arrancar el pie del suelo, arrancar la mano con
la taza de la mesa. Y eso era él, que tanto escribía sobre el aire y los
cielos, la luz y los soles, él, que habitaba el reino ingrávido del espíritu.
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Pero Linda era
una romántica, aceptaba los desalientos y broncas de la vida cotidiana mientras
hubiera conciencia de otras cosas, como nuestro amor y nuestra felicidad. Era
capaz de ponerme verde, fuera de sí de ira, y unos minutos después decir que
nunca había amado a nadie como a mí, mientras que yo, de un modo muy distinto,
almacenaba y acumulaba broncas, descontento y frustración, se iban posando como
sedimentos en mi interior, como una especie de fosilización de los
sentimientos, ensombreciendo mi mente de una manera cada vez más intensa, hasta
que acabé volviéndome duro como una piedra, inmune a la reconciliación y al
amor. Había escrito sobre eso y no sabía si me lo perdonaría. Porque ella era
vista a través de esa mirada.
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Estaba
desesperado. Como encerrado en mí mismo, a solas con la frustración, ese mono
negro que en un determinado momento era enorme, como si no hubiera salida. Es
decir: círculos cada vez más pequeños. Una oscuridad cada vez mayor. No la
oscuridad existencial, no la que trataba de vida y muerte, felicidad o tristeza
desgarradoras, sino de esa pequeña sombra oscura en el alma, el pequeño
infierno del hombre insignificante, tan insignificante que en realidad era
innombrable, a la vez que lo llenaba todo.
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Habíamos tenido
una relación tan íntima que, en lugar de aceptar sus debilidades o
insuficiencias como aceptaba las mías, me identificaba con ellas y me responsabilizaba
de ellas, pero de una manera indirecta, a través de los sentimientos que me
recorrían cuando le veía hacer o decir algo que yo no habría hecho o dicho.
Nadie sabía nada de esto, y él menos aún, ¿cómo iba a contarle algo así? ¿Algo
como que a veces no eres suficientemente bueno para mí?
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por un lado
quería ser escritor y sacrificar lo que fuera por serlo, además, me atraía lo
que transgredía límites, desde que era un adolescente odiaba todo lo
aburguesado y lo establecido; por otro lado, lo que transgredía límites me
llenaba de angustia, y la atracción hacia lo burgués, lo establecido y lo
seguro era al menos igual de fuerte; una razón importante por la que me había
casado y había optado por estudiar en la universidad.
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Linda, a la que
conocí entonces, y con la que luego tuve a mis hijos, era temperamental y a
menudo irrazonable en sus ataques de ira, por los que me dejaba dominar por
completo, porque si ella elevaba la voz, incluso mínimamente, yo me llenaba de
miedo, y lo único en lo que era capaz de pensar entonces era en procurar que se
le pasara. Incluso con cuarenta años, sentado en la terraza una mañana de
agosto de 2009 tenía miedo de que alguien se enfadara conmigo. Cuando daba
motivos para ello a alguien, sentía tanto miedo, desesperación y dolor que no
sabía cómo podría sobrevivir.
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Yo seguía
viviendo en ese mundo que mi padre me construyó, en el que todo, en última
instancia, consistía en no hacer nada equivocado.
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—¡Venga ya! ¿Qué
has hecho? Has escrito un libro sobre tu vida tal y como tú la ves. Es un proyecto
de libertad. La libertad es algo que se coge. Si te la regalan, eres un
esclavo. Tú has querido escribir sobre tu vida tal y como es. Eso tiene un
precio que estás conociendo ahora.
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Yo medía el mundo
con una medida indie, basándome en ella juzgaba la calidad de todo lo que había
en la cultura. Él no sabía nada en absoluto de ese mundo, para él no era más
que una chorrada, y eso era lo que yo sentía, que Gunnar me midiera con las
medidas del mundo real. Las medidas del mundo adulto y responsable. Yo estaba
en contra de ese mundo, pero únicamente cuando estaba solo, enfrentado a él,
¿qué hacía entonces? Bajaba la cabeza y me avergonzaba profunda e intensamente.
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siempre había
deseado ser alguien, y esa idea de enaltecimiento había formado parte desde
siempre de mi motivación para escribir.
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Peter Handke,
titulada Desgracia impeorable, que trata del suicidio de su madre, y es
autobiográfica.
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Veía un árbol y
veía la falta de sentido. Pero también veía la vida, en su forma pura y ciega,
aquello que no hacía sino crecer. Su fuerza y su belleza. Sí, la muerte no era
nada, una simple ausencia. Pero de la misma manera que por un lado la vida
ciega podía considerarse una fuerza, algo sagrado, y, por qué no, divino, por
otro lado podía considerarse algo sin sentido y vacío, también la muerte podía
considerarse así, también podía cantarse la canción de la muerte, también la
muerte podía llenarse de sentido y belleza.
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si la falta de
piedad de la naturaleza nos resulta amenazadora no es porque nos dé la espalda,
como puede parecer cuando se la observa en su lejanía casi onírica, sino porque
su mudez y su ceguera también existen en nosotros. Los latidos del corazón no
tienen piedad.
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Tu cabeza es como
una olla, todo lo que se mete dentro se convierte en una sopa.
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Era como si mi yo
hubiera estado congelado y ahora estuviera empezando a derretirse. Los
fragmentos crujían cuando se movía esa superficie que llevaba tanto tiempo inmóvil
y entumecida. Tenía la sensación de que lo interior era inagotable. Era una
buena sensación. El que lo que yo dijera pudiera resultar interesante era una
nueva experiencia. Ni siquiera yo había sentido interés por ello. Lo
interesante estaba relacionado con la sensación de algo inagotable, porque en
lo inagotable no había límites, y eran los límites los que habían mantenido
todo inmóvil, proporcionándole su carácter congelado.
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Geir me ofreció
la posibilidad de contemplar la vida y entenderla, Linda me ofreció la
posibilidad de vivirla. En lo primero, yo aparecía ante mí mismo, en lo
segundo, desaparecía ante mí mismo. Esa es la diferencia entre amistad y amor.
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La igualdad en
Suecia tiene lugar en la clase media, ella es la que se está igualando; fuera
de la clase media, la igualdad sólo existe en el lenguaje, que es elaborado por
esa misma clase. En Suecia es mucho más grave que algo ocurra en el lenguaje a
que ocurra en la realidad.
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Querían entrar en
nuestros sueños. Todos querían entrar allí. Nuestro interior era el último
mercado. Cuando se hubiese conquistado, estaríamos vendidos.
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—«Los sueños
mienten. Cagarse en la cama, eso es lo único verdadero».
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Cuando se
suprimió la exigencia de destreza artesanal en el arte, se hizo basándose en la
idea de que antes había que reproducir el mundo del modo más preciso posible,
algo que había quedado anticuado, por lo que ya no era necesario. Así que se suprimió.
Pero no hace falta pensar mucho para entender que no era por eso por lo que los
pintores y escultores se pasaban sus años de juventud, tan importantes para la
formación del carácter, copiando a otros o reproduciendo mecánicamente modelos
u objetos. No lo hacían con el fin de aprender a copiar la realidad, porque la
reproducción de la realidad tiene un valor limitado que un alumno de talento
medio alcanzará sin problema. Lo hacían para aprender a no pensar. En el arte y
en la literatura eso es lo más importante de todo, y no hay casi nadie que sea
capaz de hacerlo o ni siquiera lo sepa, porque ya no se divulga. Ahora se cree
que el arte está relacionado con la razón y la crítica, y que trata de ideas, y
en las escuelas de arte se estudia teoría. Eso es decadencia, no progreso.
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Empezamos a
pelearnos, y su piso, al que me había mudado, se volvió cada vez más pequeño.
Nuestras peleas la convirtieron en mi padre, porque yo tenía miedo de su voz
alta y de sus enfados repentinos, era incapaz de responder, me subordinaba a
ella, y cuando se le había pasado el enfado, siempre me mantenía alerta,
esforzándome para que ella se sintiera bien, buscando señales de lo contrario,
y era esa sumisión, el que siempre intentara apaciguar y contentar, lo que
dificultaba nuestra relación cada vez más, porque al mismo tiempo intentaba
alejarme, tenía que recuperar mi independencia, volver a ser yo, encontrar mi
propio espacio, y empecé a enfurecerme igual que ella cuando discutíamos, tal
vez aún más, porque era de mí del que tenía que librarme, de esa atadura en mi
interior.
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Una amistad no
ata, porque si ata ya no es amistad. Pero una relación sí ata, porque está
basada en algo más profundo, en los sentimientos, por no decir en el mismísimo
centro de la vida, y una relación sí es una atadura; si en una relación amorosa
las dos personas no están atadas la una a la otra no es una relación, sino una
amistad.
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—Eres el
optimista más grande que conozco —dijo—. Un optimista deprimido, eso es lo que
eres.
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En el mundo fuera
del lenguaje únicamente se podía estar solo.
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¿Es una pérdida?
Mientras lo más allá de lo humano no se puede alcanzar, mientras el mundo en sí
mismo nunca puede aparecer ante nosotros, sino sólo hacerse ver a través del
lenguaje y las categorías, en otras palabras, como algo dentro de lo humano, y
el mundo más allá de lo humano y sin lenguaje sea una utopía, en el verdadero
sentido de la palabra, un no-lugar, ¿por qué entonces anhelarlo? ¿Por qué no
simplemente darle la espalda? Es porque venimos de allí y volveremos allí. Es
porque el corazón es un pájaro que late sin cesar en el pecho, es porque los
pulmones son dos focas por las que se desliza el aire, es porque la mano es un
cangrejo y el pelo un almiar, las arterias son ríos y los nervios rayos. Es
porque los dientes son una cerca de piedras y los ojos manzanas, las orejas
almejas y las costillas una verja. Es porque en el cerebro todo está oscuro y
silencioso. Es porque somos tierra. Es porque somos sangre. Es porque vamos a
morir.
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La comedia
desenmascara, y la comicidad está en esa distancia que se revela entre el mundo
como quiere ser y el mundo como es.
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lo que ocurre
cuando una persona muere es que el nombre deja de estar ligado al cuerpo, que
se pudre y desaparece, mientras el nombre sigue vivo en lo social.
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Entenderse a uno
mismo equivale a la capacidad de dejar que la perspectiva de lo exterior rija
en lo interior, es la presencia de la voz o la mirada del otro en el yo de uno,
y si eso se impide, no hay ninguna relación entre ellos, no hay ninguna
distancia en el yo, está solo, abandonado a su suerte, y eso, un yo abandonado
a sí mismo, conduce a que la comprensión y la vivencia de otros ocurran fuera,
es decir, sin empatía, sin implicación de su yo, que es la primera y realmente
única condición de la empatía.
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Mackie Messer lo
expresa así en La ópera de los tres centavos, de Bertolt Brecht: «Erst kommt
das Fressen, dann kommt die Moral»; primero viene la comida, luego la moral.
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que no haya ni un
atisbo de vida cotidiana es típico del yo romántico, representa un
enaltecimiento de lo exterior por lo interior, algo de lo que son marcados
ejemplos los poemas de Hölderlin, que también carecen por completo de
cotidianidad y trivialidades, en ellos todo está enaltecido y saturado de
existencia, siempre en el límite de lo extático, como se vuelve la vida cuando
está repleta de sentido. El enamoramiento puede llenar una vida de esa manera,
así como también la experiencia mística religiosa y la muerte. Los tres estados
tratan de un exceso del yo. La sensación de algo casi divino en la poesía de
Hölderlin tiene que ver con esto, el límite entre el mundo y el yo está casi
por completo ausente, y el yo está casi fundido con sus descripciones de
profundas sombras verdes y sol ardiente, con los truenos que retumban entre las
colinas y los ríos que bajan helados de las montañas, y todo está por tanto
lleno de sentido: la identidad entre el yo y el mundo es el sentido definitivo.
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como Henry James
escribió, en el arte los sentimientos son el sentido. Si se contempla el arte
desde esta perspectiva, la forma no significa nada en sí misma, sólo tiene
importancia como portador de algo distinto, y el modernismo, es decir, la mayor
parte de lo que ha ocurrido en el arte desde principios del siglo pasado hasta
el presente, ha renunciado a esa dimensión. Los que no lo hacen transmiten
cierto matiz romántico a sus obras,
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En la época sobre
la que Broch escribe había poca gente, las distancias entre las ciudades o
culturas eran grandes, y recorrerlas resultaba lento y arriesgado. Ahora todo
tiene otro aspecto, la actividad humana, nuestra protección contra el universo
indiferente y mortal ya no es local y limitada, sino omnipresente. Ya no es
algo de lo que salimos y a lo que entramos, sino algo que nos rodea
constantemente,
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Es como si
viviéramos en dos culturas distintas que existen paralelamente. Una es la
comercial, en la que todo es superficie, rostro, belleza exterior, uniformidad,
igualdad, magnitudes que entendemos como no reales, valores engañosos, algo que
existe para entretener; la otra es la social, que consta de individuos únicos,
belleza interior, cualidades alterables, desigualdad, todas las magnitudes que
entendemos como reales. Nos perdemos soñando con el mundo no verdadero, vivimos
en el verdadero. El que el mundo no verdadero predomine cada vez más, y pronto
sea el único mundo en el que vivamos, es la razón de esa gran sed de realidad
que está empezando a emerger en la cultura a nuestro alrededor. Pero ¿qué es real
sino el cuerpo? ¿Y qué es el cuerpo sino biología?
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Estoy escuchando a Midlake, The Courage of Others,
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El límite entre
lo que no se puede decir y la manera en que no se puede decir es tan difuso que
a veces incluso se pueden ver como dos caras del mismo asunto.
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Eso fue lo que
ocurrió en Noruega este último verano, cuando un hombre, unos años más joven
que yo, se fue a una isla y empezó a disparar contra niños y jóvenes. Se
comportó como si formara parte de un videojuego, pero ese heroísmo que creyó
mostrar y toda esa muerte que ocasionó no pertenecían al mundo figurativo, no
eran abstractos ni carentes de consecuencias, no ocurrieron en otro lugar,
separados del tiempo de su cuerpo: fue algo real, concreto, absoluto. Cada tiro
alcanzó un cuerpo, cada ojo que se cerró era un ojo real, perteneciente a un
ser humano que tenía una vida real. Sólo la distancia puede hacer posible una
acción como esa, porque en la distancia queda suspendida la consecuencia, y lo
que debemos preguntarnos no es qué clase de opiniones políticas tenía ese
hombre, ni tampoco si estaba loco, sino simplemente cómo esa distancia pudo
surgir en nuestra cultura.
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nunca habría
aceptado ese pensamiento implícito sobre el progreso que había en ello, que el
mundo ilustrado era mejor que el no ilustrado, que la razón era mejor que la
falta de ella, quizá sólo porque mi propia mente era a la vez tan oscura, poco
clara y supersticiosa como despejada, inteligible y racional, que lo irracional
era igual de importante o preponderante que lo racional. Dentro de mí oscilaba
siempre hacia delante y hacia atrás, y todo lo que pensaba, incluso lo más
preciso, estaba siempre teñido por los sentimientos y los instintos. Ay, las
sirenas también nos cantan a nosotros, la muerte también nos atrae a nosotros,
el canto de la destrucción y la descomposición jamás enmudece, porque en ello
está también lo nuevo, lo que vendrá, así está organizada la vida.
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Vivían como viven
los árboles, e igual que los árboles, no lo sabían. Despeinadas y amodorradas
abrirían los ojos a la mañana siguiente, preparadas para un nuevo día, sin
pararse ni un segundo a pensar en ese estado en el que habían pasado casi doce
horas. El mundo estaba abierto de par en par ante ellas, sólo tenían que
lanzarse dentro de él y luego olvidarse de todo, porque la condición necesaria
de lo abierto es el olvido. La memoria crea huellas, sistemas, bordes, paredes,
fondos y abismos, nos tapia, nos ata y nos carga, convierte nuestras vidas en
destinos, y a partir de ahí sólo hay dos salidas, la locura o la muerte. Pero
mis hijas se encontraban todavía en lo abierto y libre. ¡Y allí estaba yo,
conteniéndolas! ¡Mostrándome severo, diciendo que no, echándoles la bronca!
¿Por qué me empeñaba en destrozarles lo más bonito que tenían y que de todos
modos iban a perder?
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para ellas esto
es un lugar fantástico, y así debo pensar yo todo el tiempo, no sé si me
entiendes. Este es un mundo para niños, no para adultos. Y entonces pienso que
casi toda nuestra cultura también lo es. Que en realidad es para niños.
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Me levanté y me
fui al baño a mear. La meada era de color claro, casi brillante, y pensé en la
meada de mi padre que veía los días que por alguna razón olvidaba tirar de la
cadena después de orinar por la mañana. Amarilla oscura, casi marrón. Y qué
aterrador era. Yo asociaba ese color con su rabia. Y con masculinidad. Su rabia
también era masculina. Mi miedo era femenino.
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lo que el anhelo
desea es lo ilimitado, y lo que hace el hogar es poner límites. Un padre sin
límites no es un padre, sino un hombre con hijos. Un hombre sin límites es un
niño, es el eterno hijo.
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Esos días me
aclararon muchas cosas. El sueño de Linda era vivir una vida corriente con una
familia corriente. Tener un trabajo corriente, ir a la cabaña del huerto los
fines de semana y trabajar en el jardín con los niños jugando a su alrededor.
Pero Linda no era una persona normal y corriente. Era la persona menos normal y
corriente que yo había conocido jamás. Había luchado todos esos años con
partos, amamantar, niños pequeños. Su lucha había sido completamente distinta a
la mía, la suya había sido de vida o muerte. Yo había escrito que vivía una
vida no auténtica, que vivía la vida de otra persona, y puede que así fuera, y
eso me atormentaba, pero no me amenazaba. A Linda sí le amenazaba. Toda su
personalidad, de la que me había hecho novio, y todo su lenguaje se habían
borrado en la vida que habíamos vivido. A mí no me había pasado eso. Yo había
escrito, había tenido mi lenguaje, y, no menos importante, había tenido mi
distancia. Ella no había tenido esa distancia. No hasta ahora, en que se
elevaba sobre todas las ataduras y obligaciones con el deseo de ser
completamente libre. Pero esa libertad era fingida, esa libertad era un engaño,
esa libertad era un circo a la luz del día. Tal vez ella la viera brillante,
tal vez la viera mágica, pero cuando yo la miraba a ella lo que veía era lo
deteriorado, lo tambaleante, lo miserable, la tristeza hospitalaria, todos esos
seres que no tenían esperanza y por tanto nada.